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Fuerte de Umm El Dabadib, cerca del oasis de Kharga

Naturaleza idílica, paisajes espectaculares y riqueza cultural lejos de las rutas más turísticas es lo que se puede encontrar en los viajes hacia los oasis de Bahariya, Farafra, Dakhla y Kharga. Entre un oasis y otro se puede disfrutar de la magia atemporal del desierto del Sáhara. El Cairo o Luxor sirven como una buena base para iniciar o finalizar una exploración de los oasis del desierto: la visita a una o ambas ciudades podría poner el broche de oro a una ruta a través del corazón de Egipto.

Dakhla: arquitectura tradicional de marga con un espectacular fondo rocoso

El oasis de Dakhla hizo las veces de granero para los romanos y, hasta hoy, parece un lugar idílico de cuento de hadas. Posee catorce asentamientos, entre los cuales destacan por su belleza las aldeas de Balad (que significa poblado de marga) y El Qasr (el alcázar) , formado por callejuelas estrechas y umbrosas. El verde intenso de los abundantes huertos y los campos de clavo, arroz y cacahuete propone un delicioso contraste con el color miel de las dunas y el rosa pálido las luminosas canteras de piedra del desierto que los rodea. Todavía podemos distinguir varios templos y tumbas que datan de su época de esplendor en la Antigüedad.

Kharga: antigua parada para caravanas que es hoy un próspero centro provincial

El oasis más meridional del Desierto Occidental fue, en su época, una parada importante de la Darb el Arbain (la ruta de los cuarenta días), que constituía una vía de comunicación entre los mercados del norte y el sur de África para los comerciantes de camellos y esclavos. Hoy es la capital administrativa de la provincia del Nuevo Valle y, junto a los amplios palmerales y campos, cuenta con varios asentamientos independientes como los de Qasr Jarga, Bulaq y Baris. Lo más destacado de sus antiguos santuarios son la primitiva necrópolis cristiana de Al-Bagawat y, de la época persa, el templo de Hibis.

El Fayum: el jardín de El Cairo, un paraíso natural con un pasado lleno de historia

El oasis más cercano al valle del Nilo se encuentra a tan sólo una hora de camino al sur de El Cairo. Gracias a la fertilidad de la región, El Fayum ha sido siempre la huerta de la capital y bien merece una excursión de una jornada, aunque sólo sea para ver su vegetación exuberante y su tranquilidad rural. Los fellah (campesinos) siguen trabajando los campos y las mujeres y los niños se sientan en la puerta de las casas de adobe junto a los canales bordeados por palmeras, con la misma gracia y a temporalidad con la que lo hacían los antepasados que aparecen en los relieves de los muros que rodean las antiguas tumbas. Los 230 km2 del lago Qarún y la reserva natural adyacente de Wadi El-Rayan son zonas protegidas de gran valor. Las aves migratorias que pasan por estas áreas harán disfrutar a los amantes de la naturaleza. En Wadi Al-Hitan, uno no puede dejar de contemplar los gigantescos esqueletos de ballenas prehistóricas, que llegaron hasta aquí cuando el mar Mediterráneo se extendía mucho más al sur que en la actualidad. Además, aquellos que vayan en busca de diversiones culturales se sentirán atraídos por la gran variedad de lugares históricos a su alcance, especialmente las pirámides de Hawara y El Lahun.

Bahariya: palmeras, manantiales y momias doradas

Esta depresión de aproximadamente 4000 km2, enclavada en el desierto, a unas siete horas de El Cairo, se conoce como el oasis del norte y está compuesta por roca volcánica negra. Ya era muy conocida en la antigüedad por sus minas de mena, sus jardines fértiles, sus aguas con propiedades curativas y las espectaculares vistas de las abruptas formaciones volcánicas que emergen del suelo del desierto. Este lugar alcanzó la fama mundial a finales de la década de 1990, cuando se descubrió por casualidad una enorme necrópolis que se remonta a la época grecorromana. Las tumbas contenían varios miles de momias que presentaban una elaboradísima decoración, un hallazgo sensacional que le valió a esta zona el nombre de el Valle de las Momias Doradas.

Farafra: una isla verde junto al Desierto Blanco

Aquí, en el más pequeño y más aislado de los oasis, el viajero puede visitar varios manantiales de sulfuro y descubrir Qasr El-Farafra, el único asentamiento de la región, un alcázar en ruinas rodeado de palmeras. La mayor atracción, tan sólo 30 km al norte, es el Desierto Blanco, un paisaje de belleza irreal en el que el viento y el clima, a lo largo de los años, han tallado un gigantesco parque de esculturas en las rocas de piedra caliza blanca.

Siwa: el oasis más occidental de Egipto atrae a los viajeros con sus baños, lagos y templos legendarios

El oasis de Siwa, un lugar especial y con encanto, se encuentra 500 km al oeste del Nilo, 300 km al sur de Marsa Matruh y varios metros por debajo del nivel del mar. Hace 2700 años, cuando Roma todavía era una aldea y Homero acababa de escribir La Ilíada, Siwa ya disfrutaba de una gran fama en todo el Mediterráneo por ser el hogar del oráculo de Amón-Ra. La fama mundial le llegó en el año 331 d. C., cuando Alejandro Magno decidió acudir a este oasis para consultar al oráculo. Esa sensación de leyenda continúa impregnando el oasis en la actualidad. La gran variedad de atracciones naturales, como plantaciones de dátiles y olivos, lagos rodeados por juncos, mesetas y dunas de arena, y manantiales que brotan con fuerza y atraen a los bañistas, refuerzan la magia de Siwa. Cuenta con encantadores alojamientos ecológicos de calidad y, además, posee dos castillos en la cima de sendas colinas, varios yacimientos arqueológicos y una cultura muy particular con una marcada influencia de las tradiciones bereberes.

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