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Da igual que sea porque terminas la carrera, que te vayas de luna de miel, que celebres las bodas de oro, te jubiles o, simplemente, que estés en un periodo de transición; hay cosas que hay que vivir –al menos- una vez en la vida. Dar la vuelta al mundo es una de ellas.

Primero una ruptura sentimental, después “un recorte de personal” y luego una oferta de despido incentivado. Al principio fue como un jarro de agua fría que pronto se convirtió en esa ventana que se abre cuando todas las puertas se te cierran en las narices. Así, por un golpe de efecto me decidí a hacer algo que nunca me habría atrevido. Algo que siempre me había parecido demasiado caro para afrontar antes de los 60 y demasiado largo para permitirme después de los 20: dar la vuelta al mundo.
Londres apenas me llevó un par de días. Aunque ya conocía la ciudad decidí aprovechar la escala técnica de mi billete para volver a visitar  del Tate Modern, callejear por las calles del Soho o mirar la ciudad a vista de pájaro desde el London Eye, un fondo de armario que siempre triunfa cuando se vuelve a la capital británica.

Tras esta puesta a punto, la verdadera aventura estaba por llegar y su nombre, escrito en caracteres chinos: Hong Kong, una ciudad que dejó pequeñita cualquier ciudad que había visitado antes. Quizá lo que más me llamó la atención fueron las enormes dimensiones de todo, del titánico puerto repleto de buques que traían y llevaban al resto del mundo mercancías con sus famosas etiquetas Made in Hong Kong; los altísimos edificios cuyo nombre, rascacielos, cobran aquí sentido, más que en ningún otro sitio; las hordas de personas recorriendo las interminables avenidas principales o los gigantescos letreros de neón que haciéndome guiños intentaban robarse la atención unos a otros. Pero, para colosales las vistas del skyline desde el Victoria Peak, sobrecogedoras e imponentes, la estatua de Buda de Isla de Lantau (el más grande del mundo) y por supuesto, las cifras que nos hablan de los millones de personas (más de siete) que la hacen real.

Pero también hay otro Hong Kong, otro en el que no me fijé al principio pero que poco a poco fue ganándome el corazón. El Hong Kong de las cosas pequeñas, de las monedas de colección que venden en las tiendas de quincallas de la calle Hollywood, el de las tacitas de la ceremonia del té (que celebran y explican en Nam Fong Ga Muk en Hollywood Road,179) o el de las flores y los pájaros del parque de Hong Kong. También están aquí las figuras en miniatura que venden en los mercados de jade o los cientos de caramelos con formas inimaginables que se venden al peso en las tiendas de la península de Kwoloon.
Mi estancia en China duró cinco días y, muy a mi pesar, dejé el país con la sensación agridulce (y nunca mejor dicho) de emprender el viaje a Nueva Zelanda.

Un grupo de jubilados voluntarios recibe al visitante en el aeropuerto de Auckland, la ciudad que, si bien no es la capital del país, es su puerta de internacional. En esta primera visita (que, según puedo confirmar a la vuelta, no será la última), opto por una toma de contacto y visito el ABC de los lugares que cualquier viajero, una vez ha cruzado el mundo para llegar hasta aquí, “no debería perderse” según cualquier guía de viaje. Divido mi estancia equitativamente entre las dos islas: una semana en la norte y otra en la sur.

A unas cuatro horas en conche de Auckland (en la isla norte) se encuentra Bay of islands, un archipiélago que cuenta con un microclima benigno que, junto a la belleza de sus islas y su bahía, atrae a miles de visitantes. Ya atraía a los balleneros en un pasado que se establecieron en Russell, ahora un pueblecito colonial que fue la primera capital del país en 1841. En esta zona se encuentran algunos de los vestigios más importantes para la historia maorí, entre ellos la Waitangi National Reserve, un centro que conmemora el polémico tratado en que los maoríes les cedieron la propiedad de sus tierras a la Corona Británica por un error de traducción.

El bosque Waipoua Kauri es uno de los pocos vestigios de la naturaleza que había en Nueva Zelanda antes de la llegada de los europeos, incluido el tane mahuta (el dios del bosque), el árbol más antiguo del país (1.200 años, 14 metros y 51 metros de diámetro). Allí descubrí también la poética razón de porqué el helecho plateado es el símbolo de la bandera nacional y, aún más, de los All blacks, su selección de rugby, ya que su envés es capaz de reflejar la luz de la luna y era la manera que tenían los maoríes de guiarse en la noche.

Pero, si hay un destino que nunca falta en un primer viaje a Nueva Zelanda, ese es Rotorua ya que reúne, mejor que ningún otro lugar, la esencia del país: por un lado, los ricos ecosistemas, en forma de géiseres, volcanes o lagunas que han ocupado los antiguos cráteres y, por otro, su importancia y simbología para la cultura maorí, pues allí se haya su mayor centro de interpretación.

Las verdes praderas onduladas y amables que visité en la isla norte dieron paso a los diferentes parques naturales que recorrí en mi semana en la isla sur. En pocos días pude pasar de las playas turquesa y los bosques tropicales del Abel Tasman National Park a las elevadas cumbres del Monte Cook, en los Alpes del Sur (el pico más alto de toda Oceanía con metros) y su glaciar, de 27km (el más largo del país).
Terminé mi estancia en Queenstown, al sur de la isla sur, donde si hay un deporte de riesgo, ya sea de invierno o de verano, que aquí no se practica es que no existe. Esquí, jet boating (lancha que hace giros de 360 grados en un río), pesca, bungy jumping, paseos en helicóptero, son algunos de ellos, aunque quizá su actividad más interesante, sea el trekking de las Milfourd Sound (la mítica cadena montañosa que forma parte del Parque Natural de Fiorland), que dura varios días.

Cuando viajas, y sobre todo a medida que va pasando las jornadas, el tiempo se mide no por lo que llevas, sino lo que te queda y a mi ya sólo me quedaba una semana de viaje. La mejor opción para despedirme de mi aventura era alquilar un coche (si él no hubiera sido nada), coger una habitación en un motel de Santa Mónica y disfrutar de todo lo que una ciudad como Los Ángeles estaba dispuesta a ofrecerme: vivir en primera persona todos los tópicos (absolutamente imprescindibles) del paseo de la fama o el teatro chino y colarme en toda las fiestas a las que mis amigos cibernéticos (conocidos a través de Facebook.com y Smallworld.com) me llevaron. Tostarme en Venice, recordar a Forrest Gump (en el restaurante Bubba Gump) en el muelle de Santa Mónica o pasarme horas viendo las piruetas de los surferos en Hungtinton Beach (no son un mito, existen).

A la vuelta mi novio no volvió conmigo. Tampoco, hasta el momento, he encontrado trabajo. Ni mejor ni peor que el anterior. Además mi cerdito está más raquítico que nunca. Sin embargo el sólo su recuerdo me ayuda a sobrellevar mejor los tiempos que se avecinan y puede que a mirar el futuro con más esperanza. Al menos tengo una cosa clara, el mundo no se acaba aquí.

Guía practica:

Air New Zealand (www.airnewzealand.es) es la única aerolínea que de manera independiente, da la posibilidad de realizar una vuelta al mundo completa. La tarifa básica: Barcelona/Madrid-Londres-Hong Kong-Nueva Zelanda-Los Angeles-Londres-Madrid/Barcelona  (o vicerversa) parte desde 1.440 euros, tasas incluidas. Se puede completar añadiendo una extensión a Islas del Pacífico (Tahiti, Fidji, Cook, Samoa, Tonga) por 300 Euros o a Australia por 150 euros más.

Londres:
Metropolitan Hotel (www.metropolitan.co.uk). Maravilloso hotel miembro de Design Hotels con una de las mejores vistas de Londres, frente al Hyde Park.
www.visitlondon.com

Hong Kong:
Mandarin Oriental Hotel (www.mandarinoriental.com). El primer hotel de Hong Kong, en la isla de Hong Kong con vistas al skyline. Su restaurante Pierre tiene una estrella  Michelin.
www.discoverhongkong.com

Nueva Zelanda:
www.newzealandluxury.com: servicios y alojamientos de lujo en todo el país.  (por favor no lo quiteís)
Auckland Hilton (www.hilton.co.nz). Moderno. En el centro de la ciudad, frente al puerto.
Motueka River Lodge(www.motuekalodge.co.nz). A 40 minutos del Abel Nacional Park y de Nelson. Tranquila Villa campestre entre viñedos. Angela Bone es su propietaria y cheff e imparte cursos de cocina.
Hermitage Mt Cook (www.hermitage.co.nz). A los pies del Monte Cook, que se ve desde algunas habitaciones y desde su restaurante.
www.newzealand.com

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