En Paracas, situado a pocos kilómetros de la ciudad de Lima, el desierto y el mar se unen para ofrecer un espectáculo natural. Por su cercanía a la costa y sus condiciones naturales, este enclave del departamento de Ica, en Perú, es propicio para la protección de la vida silvestre que se desarrolla en sus playas, islas y acantilados, y cuya sola contemplación ya es un verdadero lujo para los sentidos.

Reserva de Paracas

Reserva de Paracas

Paracas significa lluvia de arena pues antiguamente este lugar se caracterizaba por sus fuertes tormentas de arena. La Reserva de Paracas fue creada el 25 de septiembre de 1975, y abarca una superficie de 335.000 hectáreas, de las cuales 117.406 son de tierra firme y 217.594 de aguas marinas.

Su atractivo turístico radica en la posibilidad de observar diferentes ecosistemas, restos arqueológicos y la gran diversidad de fauna marina existente en la zona.

Una explosión de vida

La Reserva Nacional de Paracas es el refugio de lobos marinos, pingüinos de Humboldt –también denominado Pájaro Niño-, flamencos, pelícanos y muchas otras aves marinas. La abundante vida que existe en la bahía y sus islas es posible gracias a la corriente fría de Humboldt, la cual enfría el agua del mar haciéndolo rico en plancton y fitoplancton.

Estos microorganismos sirven de alimento a peces como lenguados, cajinovas, cornisas, toyos y anchovetas y otros animales. Estudios realizados demuestran que en las aguas de Paracas existen 200 variedades de algas marinas.

Reserva Nacional de Paracas © Jeanine Costa

Reserva Nacional de Paracas © Jeanine Costa

Del puerto de Paracas salen embarcaciones hacia las Islas Ballestas, ubicadas fuera del área de la reserva, donde se puede tener un contacto casi directo con los lobos de mar, los pingüinos e incluso delfines. No se permite el desembarco de los turistas en estas islas para no molestar a los animales que allí viven, pero las lanchas se acercan lo suficiente para que puedan disfrutar de la belleza de estos animales. Además, miles de aves marinas vuelan entre las Islas Ballestas y pueden llegar a verse sus nidos sobre las rocas.

Por tierra se puede llegar en automóvil al puerto de Punta de Pejerrey, lugar ideal para admirar el geoglifo del Candelabro, de más de 120 metros de extensión y grabado en la colina de un cerro, en roca de color crema. La mejor forma de apreciar este geoglifo es desde el mar. Si bien es similar a las Líneas de Nasca, quizás su origen sea diferente, como piratas que señalaban un tesoro o guerreros que luchaban por la Independencia.

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